Biblioteca Popular José A. Guisasola






Querido papá:

Mami me dijo que vos lo hacías durante los dos primeros años de mi vida, cuando aún era hijo único y dormía en la cuna ubicada junto a la cama de ustedes. Que lo hacías con mucha ternura —me dijo— antes de salir para tu estudio y apenas volvías a casa, invariablemente molido y re-tarde.

Yo no me acuerdo, claro. De lo que sí me acuerdo —aunque vagamente— es del día de la mudanza al departamento que ocupamos desde entonces. Ya habían nacido Ariela y las mellizas y se necesitaba más espacio.

A punto de cumplir los cuatro —entonces— estrené mi propio cuarto, este mismo en el que ahora te estoy escribiendo mientras oigo jugar a las nenas en su habitación, pegada a la mía.


Me parece mentira que ya hayan pasado siete años desde que vinimos a vivir aquí, como —mentira también— el que por fin me haya animado a contarte lo que me hace falta de vos, lo que siempre espero —inútilmente— y no recibo.

Sé que va a sorprenderte que te lo pida de este modo, por carta, pero mi coraje no da para más. Tengo cierto temor de que te enojes, que me repitas —como por otras actitudes mías— que lo que deseo tanto no es propio de un varón de mi edad... que cuando eras como yo... (Bueno, la corto con el rollo de las comparaciones porque entonces sí que es fija que te vas a enojar... y por partida doble...).

Mami opina que no sos demostrativo, que te cuesta expresar tus sentimientos. "Introvertido", dice.

No estoy de acuerdo. ¿Acaso los retos, los gritos que me ligo, los tortazos que hacés volar hacia mis mejillas, de vez en cuando, no son expresión de sentimientos? Por supuesto que sí, no puede negarse, ¿eh? Entonces, ¿conmigo sólo podés expresar sentimientos negativos? Sé que andás muy angustiado, papá; no como vidrio. Entiendo que te resulta recontra difícil conseguir un nuevo empleo en esta época.
Te escucho pronunciar la palabra "desocupado" y se me pone la piel de gallina. Pienso en lo duro que debe ser bancarnos con esas changas apenas, arquitecto joya como sos. Y me duele mucho. Como a mami, por más que te ayude con lo que gana como psicóloga; cada vez menos, que le van quedando pocos pacientes que puedan pagar los honorarios... Mirá si estoy enterado de lo que pasa...

Pero hasta hace nueve meses atrás, cuando todavía no había cerrado la empresa en la que trabajabas, tampoco te dabas cuenta de lo que me hace falta.

Y no es un reproche, ojalá no lo tomes así; sólo quiero contare el por qué de mi "cara de kul...trum", palabras con las que es tu costumbre cargarme a veces.

Uf, aquí me mando: si supieras lo que sufro cuando te veo darles a las chicas lo que a mí nunca... Y no, pa, no se trata de celos; ni ahí. Tampoco del par de zapatillas con cronómetro, ni del último compact disc de la banda Círculo Vicioso, ni de la compu ni de ninguna de las cosas que me prometiste. No soy bobo como para no comprender que fueron a parar a la "lista de tiempos mejores", que va anotando mami en la hoja sujeta —con un imán— a la puerta de la heladera. No. Olvidate de esa lista por ahora.
Lo que yo siento es que sos injusto —eso— al privarme de algo que también necesito, como mis hermanitas. Siquiera cuando meto un golazo para mi equipo de fútbol de la escuela... o como el mejor premio a mis buenas notas de las clases de informática... o antes de la despedida de las buenas noches...

Un beso tuyo, papi, un abrazo de hombre a hombre, la caricia de tus manos sobre los rulos que me barren la espalda y que te disgustan como un pecado... Eso me hace falta... ¿A vos no?

Yo me muero de ganas de arrojarme entre tus brazos, de besarte ligerito la incipiente pelada y acariciarte la barba que empezaste a dejarte crecer, en compensación por la caída del cabello, a pesar de que no lo confieses ni a palos, ¿eh?

Ahora es una luminosa mañana de domingo. Vamos a estar juntos todo el día...

¿Dale que en cuanto termines de leer este mensaje que ya voy a ir a colocar junto a los diarios con los que estás en la cocina, venís a darme un beso, un abrazo, una caricia?

¿Dale que sí, papi?



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Cuento inédito, perteneciente al libro —también inédito— titulado Padre hay uno solo, publicado en Imaginaria por gentileza y autorización de su autora.

Copyright Elsa Bornemann.


Ilustración: Douglas Wright



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