Biblioteca Popular José A. Guisasola




Canción mágica para tener tres cabritos

Corté tres cabritos
con esta tijera:
uno de esa hoja
de papel madera,
otro de una tapa
que hallé en el armario
y el más chiquitito,
de papel de diario.
Cerrando los ojos
dije: —¡Abracadabra!,
¡que hasta el sol se arrugue!
y ¡diente de cabra!
Entonces, con miedo,
abrí la ventana...
¡y entró una pradera
bien verde, con ganas!
También entró un árbol
casi anaranjado,
un viento redondo
y un charco floreado...
Pero con su flauta
pasó un pastorcito
y se llevó —ingrato—
a mis tres cabritos.





El grillito rengo

En la repisita
de mi pieza tengo
con su muletita,
un grillito rengo.
En un accidente
su pata quebró:
alguien —imprudente—
al pobre pisó.
Después, ni un poquito
le pidió perdón
y, solo, el grillito
quedó en el cordón.
Yo iba en bicicleta
a hacer un mandado:
a comprar panceta
y queso rallado.
Y esa primavera
de sol amarillo,
escuché en la acera
el grito del grillo.
Frené. Y asustada
lo encontré enseguida,
con su capa ajada
y su pata herida.
Lo puse en mi palma,
junté sus chancletas
y subí con calma
a mi bicicleta.
En Clínica Rojo
cayó desmayado
y al abrir los ojos
se encontró enyesado.
En medio minuto
su pata curó
pero entonces supo:
"Torcida quedó".
Al leer la receta
¡uy! lloró bastante:
—Debe usar muleta
de hoy en adelante.
Le dije —Es domingo,
no debes llorar...
Eres bueno y lindo
y sabes cantar.
Le lavé la cara,
soné su nariz
—de forma tan rara—
y lo vi feliz.
Desde entonces canta
cada día mejor...
¡A todos encanta
el grillo tenor!
¿Qué importa si es rengo
y usa muletita
si es bueno y lo tengo
en mi repisita?




La ballena bebé

Una ballena bebé
(o sea, una ballenita)
por culpa de un pescador
perdió un día a su mamita...
y en su cuna de coral
quedó, entonces, muy solita.

Lloró mucho, acurrucada
bajo su colcha de arena...
pero si el mar es mojado
y sala todas las penas
¿quién diablos iba a notar
sus lágrimas de ballena?

Pero una vez, en que estaba
haciendo tristes pucheros,
se le acercó un submarino,
y como era el primero
que ella veía bajo el mar,
siguió feliz su sendero.

—Pero, ¡ay! ¿qué es eso que
mi periscopio está viendo...?
—así gritó el submarino—.
¿Una ballena siguiendo
la ruta que abro en el mar...?
¿Qué querrá...? ¡Yo no comprendo!

Pero de pronto sintió
una caricia chiquita
en su cara de metal
y oyó que la ballenita
con amor le repetía:
—¡Por fin volviste, mamita!

Y emocionado entendió
el submarino tan duro:
adoptó a la ballenita
su corazón de aire puro
y, desde entonces, van juntos...
Yo los he visto. Lo juro.





Caracolada

Miren qué pareja
rara y elegante:
caracola enana,
caracol gigante.
Pasan por la playa
con la carpa a cuestas,
(para no perderla
se la llevan puesta).
Él usa un sombrero
de paja, bonito,
por dos agujeros
salen sus cuernitos.
Y su novia enana
luce, femenina,
anteojos blancos
y una capelina.
Con finos bermudas
él va por la playa
y la caracola
con bikini a rayas.
Pero un viento loco
los burla soplando
y allá, por el aire,
se lleva volando
bikini, anteojos,
sombreros, bermudas...
El queda sin ropas
y ella... ¡desnuda!
El caracol, triste,
tras ellos se lanza
y aunque corre y corre,
nunca los alcanza.
Y sin capelina,
sombrero ni guantes:
caracola enana,
caracol gigante.





Queridos chicos:

En el dormitorio de la casa de mis padres había un espejo.
Mejor dicho, hay un espejo, pero a mí me parece que no fuera el mismo de antes. Les voy a contar por qué: cuando yo era chica y sabía hacer cosas importantes, tales como gastar enteritas las siestas del verano corriendo tras las mariposas o dibujando con tiza en las paredes, ese espejo jugaba conmigo. Sí. Como lo oyen: jugaba conmigo. Yo me paraba frente a él y ya no estaba sola. Desde su luna brillante y ovalada me sonreía una nena muy parecida a mí que, tocándome la cabeza con una varita, lograba convertirme en dragón, humo o astronauta... Algunas veces, como era un espejo bastante distraído, me reflejaba de manera muy cómica... (sin mi flequillo por ejemplo, o con un moño de más).
Pero yo crecí, me vine grande... y mi espejo también. Por eso, aunque a veces —cuando nadie nos mira— lo visito y le hablo, él bosteza aburrido... y ya no sabe jugar.





El espejo distraído
Ficha técnica de la edición vigente:
Autor: Elsa Bornemann
Ilustrador: Matías Trillo
Editorial: Alfaguara
Colección: Serie Morada
Páginas: 128
Publicación: 23/07/2001
Género: Poesía
Edad: Desde 8 años


Una obra clásica de poemas, canciones, limeriks y versicuentos para reírse. Noticias divertidas y raras, personajes simpáticos sorprendentes, juegos con el lenguaje y todo el humor clásico de Elsa Bornemann.
Un libro único desde su primera edición.

INDICE

El espejo distraído
Canción mágica para tener tres cabritos
Para cantarle a la semana
Los quintillizos Ciempiés
El viento se ha perdido
Historia miope
El grillito rengo
La señorita Aguaviva
Casita de papel
Un avestruz
Romance de la canoa y el río
El taller de la señorita Lluvia
Mis canillas
Me encontré conmigo
Romancito de la niña y el fantasma
Los gustos del día
Arañas modernas
Historia petisa
Espantapájaros
Cuéntico Bóbico Para Una Nénica Aburrídica
La bruja enjabonada
El subterráneo
Canción con sarampión
El molino de papel
Las manchas de humedad
Cazador equivocado
Canción medio tonta para dormilones
Caracolada
Canción del sol resfriado
Sueño de elefanta
El reino de costura
Dónde dónde
Gallinita blanca
Receta para hacer un poema
La vaca caprichosa
De antenas y televisores
La pava cantante
La ballena bebé
Locura de relojes
Los números
Para que tú te duermas
El cuento de Paco
Abanico
El Reino de Ajedrez
Para cazar un panadero
Cuento de mentira
En la palabra zoológico
Canción de lo que tengo
Los dos abuelos
Me dijo...
Mi paraguas perdido
Noticia Cuento con doce ni
Contrafábula de la cigarra y las hormigas
La tarde de otoño



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